2 am, un oscuro sendero y
ella caminando. Sus pasos son cortos y ligeros, tanto, que parece que flote
sobre el camino.
Lleva un vestido rojo
aterciopelado, precioso que le llega justo hasta las finas rodillas que asoman
cada vez que se dispone a dar un paso. Se la ve segura con él puesto, como si
le trajera algún tipo de suerte.
Sigue por el camino; ese
trozo de carretera, entre los densos árboles, que recorre cada día a la misma hora. Pero
siempre que llega a la bifurcación, gira y se marcha de nuevo a casa. Pero hoy…
Sí, hoy será diferente. Llegará al destino que tantos dolores de cabeza le ha traído,
al destino el cual ha estado meses debatiendo si llegar o no, el destino que
cambiará su vida…
Ahora ya anda más
decidida, sigue dándole vueltas a eso que tanto la atormenta. Una lágrima cae
por su mejilla y se apresura a sacársela. No quiere que nadie la vea llorar,
aunque el sendero esté desierto.
Sigue andando, camina y
camina y por fin… por fin llega. Llega a la bifurcación. Su corazón late, se
apresura cada vez más intensamente. Parece que se le va a salir del pecho. Trata
de clamarse, respirando. Tras cinco minutos y ver que el nerviosismo no cede,
decide proseguir.
Pasados seis abetos,
llega. Llega a su destino. Una verja negra la separa de su nueva vida, la
empuja con decisión y se adentra en un precioso jardín. Anda a través de él hasta
llegar a un enorme portalón y toca; toca el timbre.
La puerta se abre tras
tres segundos. Aparecen un hombre y una mujer de avanzada edad, sonríen mirando
a María. Ella les mantiene la mirada, tratando de que ningún sentimiento se
apodere de su rostro.
La pareja de ancianos se
aparta de manera que pueda pasar María, y María…. María pasa, María entra en la
casa, María se adentra y se despide así de un pasado, un presente y un futuro
que nunca más podrá alcanzar.
María empieza de nuevo.
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