Cruza el asfalto para llegar a la otra parte de la acera, ¿serán esos sus últimos pasos en Barcelona? Sí, lo serán. No había tenido nada tan claro en toda su vida. Se iba para no volver jamás.
Lucía entra en el aeropuerto; vuelos internacionales, ya no hay vuelta atrás. Embarca rápidamente para no poder recular, debe ser fuerte.
En las casas de su familia y amigos más cercanos ha dejado cartas, le faltaba valor para afrontar duros cara a cara y despedidas, tampoco quería dar explicaciones. En las cartas se despide de ellos, no desvela su destino, pero les manda mucho amor. Al fin y al cabo, son las personas a las que más quiere o ha querido. La mayoría de esas cartas son un hasta siempre.
Lucía quiere cambiar de vida, reinventarse; tiene que deshacerse de TODO su pasado. Muchas cosas la atormentan: personas, lugares, recuerdos... Pero se tranquiliza pensando que todos los problemas se diluirán en el inmenso océano que está a punto de cruzar y así, poder vivir en paz.
Y así termina ella... entrando en un avión donde no conoce a nadie. Se sienta y sonríe, tranquila, satisfecha.
Abandona Barcelona, portadora de tantos disgustos, desazones, inquietudes y dolor, mucho dolor.
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